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¿Por Qué Te Cuesta Ser Más Feliz? O Cómo La Falta De Propósito Dificulta Tu Salida De La Zona De Confort.

Ya está. Punto y final. Primero de muchos.

Tampoco ha sido tan difícil.

Había resultado de hecho mucho más fácil de lo que imaginaba.

Y estaba realmente satisfecho.

Tanto darle vueltas para luego descubrir que podía haberlo hecho antes si hubiese confiado más en mi.

Me encontraba a 10.000 km de mi casa, en la preciosa habitación de un magnífico hotel de cinco estrellas en Johannesburgo. La comida era muy buena, y el contexto era genial. Había ido allí para estar dos semanas y facilitar un programa de liderazgo y gestión de equipos, contratado por una empresa de consultoría que necesitaba alguien con mi perfil.

La experiencia con el cliente me estaba gustando, pero las tardes y noches en el hotel se hacían largas.

Pero esa tarde era diferente. Acababa por fin de crear mi primer blog y de escribir mi primer post. Y me sentía bien. Muy bien.

Me alegraba de haber escuchado mi intuición y haber creado el blog y escrito ese primer post. Hacerlo tuvo un significado importante para mi.

Estaba haciendo algo nuevo. Algo nuevo y diferente. Algo nuevo y valioso para mi. Estaba haciendo algo innovador donde el cliente era yo mismo.

En otras palabras había vuelto a salir de mi zona de confort, persiguiendo uno de los roles que quería cumplir en mi visión a 5 años: convertirme en autor.

Todavía le faltaban unos años a “Hacia un nuevo paradigma”, y a “¿Te atreves a soñar?”  para ver la luz. Pero aquella tarde había empezado a poner en marcha algo nuevo con lo que me sentía muy bien. Y de paso me sirvió para corroborar lo divertido que me suele resultar salir de la zona de confort.

OK Matti, muy bien, pero ¿qué tiene que ver esto con el tema de hoy?

Déjame que te cuente. Cuando hoy me he puesto a reflexionar sobre qué hace que haya gente a la que parece no costarle casi nada salir de la zona de confort, y otra a la que parece que le cuesta mucho, me he acordado de mi experiencia en Sudáfrica.

Había estado bastante tiempo posponiendo crear mi blog, y ponerme a postear. Pero aquel día conseguí hacerlo. Contar con tiempo para pararme a pensar y reflexionar me dio la clave.

Cuando en el día a día vas a toda velocidad, sea en tu vida personal o profesional, terminas por no darte cuenta de si lo que haces te aporta algún valor real más allá de lo obvio a corto plazo. Si estás a tope de trabajo, y vas a toda velocidad, es fácil que no te pares a pensar si lo que estás haciendo te hace feliz, o si simplemente paga tus facturas. Ni si eso que estás haciendo ahora te va a llevar a ser en un futuro cercano la persona que quieres llegar a ser. Y el problema es que no te paras a pensar si lo que haces ahora es significativo para ti. Lo suele ser para los demás: tu pareja, tu jefe, tu cliente, tu familia, tus amigos, …, pero, ¿y para ti?

Para mi hacer el blog y el primer post fue algo sencillo, pero muy representativo. Y cuando digo representativo, me refiero a que para mi era importante. Tenía que ver con cumplir una parte de mi visión. Y eso me ayudó a salir de la zona de confort, aunque el reto no fuese grande.

Pero fue eso y algo más.

Aunque probablemente en aquella época no lo tenía tan claro, esas acciones no sólo me llevaban a cumplir una parte de mi visión. Había algo más importante aún. Tenían que ver con mi propósito: ayudar a las personas – y por extensión a las organizaciones a las que pertenecen – a sacar la mejor versión de si mismos.

O en términos de 2014, “ayudar a las personas – y las organizaciones a las que pertenecen – a cumplir su propósito en la vida”.

Pero en aquella época mi propósito no estaba tan claro.

Ser feliz y propósito - Matti Hemmi

Lo que he descubierto en el camino es que a medida que vas cumpliendo visiones personales sucesivas, vas identificando cada vez de forma más clara cuál es tu propósito en la vida. Y eso en su conjunto facilita el que considero el propósito universal: el de ser más felices.

Al hacer acciones relacionadas con tu propósito en la vida, y la visión que hayas definido, tu felicidad emergerá de forma espontánea.

Porque de eso se trata, ¿no?.

Aunque en el mundo de la empresa nos han insistido mucho últimamente  – y yo entre ellos – que lo haces tiene que ser valioso para tus clientes, tus colegas, etc, lo cierto es que si no es representativo para ti, para tu propósito, y si no te acerca a cumplir una parte de tu visión, es muy difícil que pongas en cualquier acción o proyecto, el compromiso, la energía, la pasión, y el cariño que requiere. Y menos aún que seas feliz.

Si lo que haces no te ayuda a cumplir tu visión personal actual, y no tiene que ver con tu propósito en la vida, es difícil que sea representativo para ti. Y es muy probable que hagas lo justo para cumplir el expediente. Al menos si lo comparas con cómo harías las cosas si al estar ejecutándolas supieras que cada decisión, cada acción, cada resultado te acerca a tu visión personal mientras sientes además cómo se cumple tu propósito en la vida.

Y entonces ya no lo haces sólo porque te pagan. Y da igual si eres el CEO de la empresa o si eres alguien que acaba de entrar en un puesto de administrativo. Vamos, que estarías incluso dispuest@ a pagar por ello.

Por eso hoy en día defiendo la idea de que es fundamental que sepas cuál es tu propósito en la vida. Y que además definas la primera visión personal que evidenciara que estás viviendo de acuerdo a ese propósito.

Así luego podrás comprobar – en tus diferentes roles en la vida, como miembro de tu familia, empresa, asociación, vecindario, etc – si al ayudar a cumplir la visión común estás también ayudando a ti mism@ a cumplir tu visión personal y tu propósito.

De esa manera podrás tomar la decisión consciente de dar lo mejor de tus capacidades y de tu experiencia para ese proyecto. Porque al hacerlo de forma consciente sabrás además que te estás ayudando tanto a ti mism@ como al colectivo al que en ese momento dedicas tu energía y tu tiempo.

La otra opción es que descubras que tu visión personal y propósito vital no tienen nada que ver con la del colectivo en cuestión (familia, empresa, asociación, …).

Será en ese momento cuando empieces a entender porque no sacas lo mejor de tus capacidades y porque tu motivación interna no sale de forma natural.

Lo que te sugiero en este caso es que te pares a pensar en qué momento vas a tomar nuevas decisiones para que esa falta de sintonía no te siga desgastando emocionalmente, y te sigas saboteando en el proceso de ser feliz.

Tienes la obligación moral, de descubrir cuál es tu propósito en la vida. Y también la de definir una visión personal tras otra, a medida que las vas cumpliendo. De esa manera afinarás cada vez más la definición de tu propósito.

Y si te preguntas porqué, la respuesta es muy sencilla.

Porque actuando con un propósito harás cosas que tienen sentido para ti, y serás más feliz. Y más aún cuando vayas observando como eso que haces te ayuda a cumplir tu visión.

Cuando sabes tu propósito, y tienes visión, salir de tu zona de confort es algo natural. No tienes que pensar en ello. Entiendes porqué lo haces, y para qué lo haces.

Sales porque estás actuando de acuerdo a tu propósito para cumplir tu siguiente visión personal.

Si además quieres que tu vida, la de tu familia, y la de la empresa que diriges o en la que trabajas, sea un entorno que favorezca la felicidad, más te vale que dediques tiempo a descubrir cuál es ese propósito, y definas una primera visión.

Para ello el primer paso es comenzar por mejorar tu Auto-Liderazgo. Tienes el 100% de control sobre él, y por eso es el punto de partida. Eso te ayudará a ser el/la protagonista de tu vida. Al hacerlo podrás empezar a decidir si tu actitud, tu forma de observar la realidad y de juzgarla, tu forma de tomar decisiones y de plantearte objetivos, y tu forma de actuar y de gestionar el feedback te están llevando a identificar tu propósito y a generar nuevas visiones personales que te satisfacen.

Si no lo haces es tu decisión. Tal vez por omisión. Pero tu decisión al final y al cabo. Asume responsabilidad por ello y afronta tus dificultades.

Quiero acercarme al final del post con una anécdota de la historia de Sudáfrica. Recuerdo a un ingeniero inglés que conocí, cercano a los cuarenta y al que llamaré Charles, que pocos años antes había conseguido hacerse millonario vendiendo una serie de restaurantes de su propiedad. Me llevó un sábado con su novia a conocer el templo budista más grande África, cerca de Johannesburgo y pasamos un día agradable. Allí me contó que tras pasar un año sabático sin hacer nada después de vender sus restaurante, decidió que quería volver a trabajar. Lo necesitaba. Pero no para ganar dinero. Sino para tener algo que le diese sentido a su vida. O como bien habrás pensado, algo que respondiera a su propósito sin el cual la felicidad es mucho más efímera.

Te dejo con una pregunta final: ¿Tienes algo que no paras de posponer y que te haría ilusión conseguir?

Es muy posible que tu intuición te esté dando pistas acerca de tu propósito y ese algo sea parte de tu visión, consciente o inconsciente.

Te animo a que te atrevas a ponerlo en marcha. Si ves que te cuesta, mira a ver qué necesitas cambiar en tu forma de auto-liderarte para hacer que sea posible. Al hacerlo estarás empezando a poner el foco fuera de tu zona de confort. Y una vez que lo has puesto ahí fuera, es más fácil mirar de forma específica a qué es lo que hace que te cueste. Probablemente se trate de alguna creencia limitante que puedas trabajar.

Recuerda que cada día que avanzas sin propósito y sin visión personal es muy posible que estés dejando de ser tan feliz como te gustaría.

¡Por tu propósito!

¿Qué tipo de interés produce invertir en … ?

Lo siento por mis clientes bancarios, y otros colegas que ofrecen inversiones, pero no he me podido resistir. Y te lo voy a contar.

Hace unos días recibí el newsletter de Peter Thompson en el que hablaba sobre tipos de interés y generación de riqueza. Y hablaba de los tipos de interés que ofrecían distintos bancos en el Reino Unido, y de repente me acordé de un artículo que leí hace no mucho de Warren Buffet en el que le preguntaban: “¿en qué aconseja a la gente que invierta en estos tiempos de grandes cambios?”.

Y su respuesta fue clara: “en uno mismo”.

Y es que es demasiado obvio, pero quería contártelo.

Hay gente que se pasa la vida buscando en qué invertir.

Si es tu caso, quizás seas de los que quiere invertir a título personal en un gran negocio, y piensas dónde puedes meter los ahorrillos, o ahorrazos. Y te pasas el día leyendo informes, publicidades y otros sobre bancos, sociedades de inversión, casas, parcelas, ¿coches?, sellos, monedas, bosques, etc.

O tal vez eres de los que te gusta pensar dónde debería invertir tu organización. ¿Cuál es el proyecto al que tienes que dirigir los recursos de tu organización? ¿En qué mercado merece la pena invertir? ¿En qué tipo de tecnología nos metemos?

Y la lista de posibilidades se alarga y se alarga, pero no terminas de darte cuenta.

¡Mírate al espejo!

La mejor inversión la tienes delante tuya.

Y concretamente en la parte superior de la imagen.

Ya tienes el activo en el que invertir. Empieza por “c” y acaba en “o”:

C – E – R – E – B – R – O.

O como a veces se le escapa a mi hijo pequeño, “c – e – l – e – b – r – o “.

La verdad es que sería un buen mantra, “celebro tener un cerebro”.

Ya tienes la inversión, la herramienta, el activo. Pero no lo estás apalancando tanto como podrías. No le estás sacando suficiente partido.

Es posible que aún no termines de verlo como un recurso infra-utilizado, y sobre todo, infra-apalancado.

Eso sí, probablemente no sea una decisión consciente. Claro como no lo ves, se te olvida que está alojado ahí detrás de los ojos que están leyendo esto.

Y dentro de ese cerebro, o alrededor, o en la nube, o donde tú lo quieras ubicar, tienes el sistema operativo, también llamado “mente”.

Es de código abierto. Bueno, quizás habría que decir que es de código invisible. Y por si no lo sabes, sacan actualizaciones constantes para el mismo.

Algunas ya salieron mucho antes de que apareciera Internet y las sacaban unos locos griegos hace más de 20 siglos. A veces vienen en forma de libros, otras en forma de cursos, masters, etc.

De hecho hay hasta instaladores personales.

Lo malo es que no sabes muy bien cuales son los parches que más te convienen.

Pero para eso no hay nada como dedicar un tiempo a descubrir lo que te apasiona en la vida. O como dice Ken Robinson, a descubrir y abrazar tu “elemento”.

Bueno, pues resulta que las personas que más disfrutan en esta vida, son aquellas que mejor uso hacen de ese regalo que todos recibimos en la infancia y que nos permite darnos cuenta de las cosas, y hacer, sentir, pensar, disfrutar, reir, llorar, etc.

Son aquellas que se ocupan de descubrir su pasión, y si entregan a ella. Dentro o fuera del trabajo. Hombre, si puedes combinar pasión y trabajo, tanto mejor.

Sin embargo, aunque todo esto es más o menos sabido, después de la “configuración obligatoria de fábrica” en los dos “centros de programación”, llamados familia y sistema educativo, dejamos nuestro sistema operativo que vaya casi en piloto automático.

Bueno, a veces lo llenamos de contenidos técnicos, pero no lo hacemos evolucionar en todas sus dimensiones. Y claro luego nos dedicamos a buscar fuera lo que en realidad sigue esperando dentro, a ser potenciado.

Y es una pena porque no nos damos cuenta del interés que podríamos generar con él. Para nosotros mismos, y para los demás.

De hecho ya no sólo en ti, sino también en las personas que diriges o coordinas. Es muy probable que por no darte cuenta de lo anterior estés sufriendo el “síndrome del bajo retorno”. Esto es, estés pagando el 100% del salario a cada uno de tus colaboradores, y usando sólo una parte ínfima del talento que albergan el cerebro y mente de cada uno de ellos.

Con lo cual, ya que por ley no te dejan bajarles el salario, te recomiendo que te propongas ayudar a tus colaboradores a apalancar su talento. Eso sí, empieza primero por ti, ya que es más fácil empezar a apalancar el talento de otros, cuando te des cuenta de lo rentable que te sale apalancar el tuyo propio.

De hecho esto mismo te lo puedes aplicar en casa o con los amigos y colegas. Si quieres ser más interés-ante y sacarte más provecho a ti mism@, la receta es la misma:

Invierte en ti.

Tu cerebro y tu mente están ahí esperando a que te des cuenta de que la solución a lo que te/os/nos ocurre, a tus/vuestros/nuestros problemas, a tus/vuestras/nuestras dificultades, pasa por sacarte mejor partido a ti mismo.

No te engañes. La solución no está ahí fuera.

Está dentro de ti.

De hecho, lleva ahí toda tu vida.

Invierte en ti.

Innova-te.

Re-hazte.

Incluso, re-create.

¡Deja de quejarte, y actúa!.

Comienza a aprender y a crecer. No hace falta que hagas un master para esto.

Empieza por conocerte mejor.

Por mucho tiempo que lleves por aquí, siempre te quedarán cosas por conocer sobre tus propias posibilidades.

Y abreviando el proceso, haz por descubrir lo que te apasiona.

De este modo empezarás a brillar, y así entre todos empezaremos a generar la cultura de innovación que este planeta necesita. Entre todos podemos llegar a iluminarlo de verdad.

Y si estás de acuerdo, date prisa porque el planeta se está poniendo calentito de tanto esperar, y nos sobran “iluminaos” de los otros.

Nos vemos en el camino.

Reflexión, contacto e innovación

Se acaba 2010 y cada cual hace, o no, balance del año y tal vez incluso balance de su vida.

Y normalmente cada uno piensa en cómo le ha ido el año, en lo que ha conseguido, en lo que ha perdido, en lo que ha disfrutado, o en lo que ha sufrido.

Debería ser un momento de reflexión serena del que aprender, en el que tomar conciencia de nuestra responsabilidad en lo acontecido, de las acciones que pusimos en marcha y no funcionaron, o de las que no nos atrevimos a lanzar y nos podrían haber ayudado. Pero eso sí, siempre con espíritu constructivo: ¿qué puedo aprender y hacer diferente la próxima vez?.

Porque es también fácil que esta reflexión se convierta en un momento de victimismo (“¿qué he hecho yo para merecer esto?”), de culpabilización de otros (“si ellos no me hubiesen dicho que lo hiciera”), de salvamento “marítimo” (“pobrecillos, tampoco se imaginaban que me saldría así”), o incluso de euforia excesiva (“¡joder, pero qué bueno soy, nada puede conmigo!”) y no siempre realista.

Creo que la forma más sana de hacer esta reflexión serena es no esperar a final de año para darnos cuenta de aquello que es importante para nuestras vidas.

Si es importante, ¿por qué no hacerlo con más regularidad, cada semana, cada día, o cada vez que algo no nos sale como nos gustaría?. Si cada vez que recibo feedback negativo valoro si le doy o no una respuesta oportunista podré aprender más, corregir más situaciones a tiempo y, sobre todo, no necesitaré esperar a final de año.

¿Y cómo consigo hacer eso?

Pues la respuesta es muy sencilla: tomando contacto contigo mismo. Trabajando desde un punto menos cognitivo y más desde lo emocional. Sintiendo lo que te llega. Parándote al darte cuenta de lo que te ha salido “rana”. Y no hacer nada, ni pensar nada, ni decir nada.

Simplemente E-S-C-U-C-H-A-R-T-E.

Escuchar a tu cuerpo, no a tu cabeza. Escuchar lo que sientes de forma general, y no a los razonamientos que justifican las decisiones propias o ajenas. Escuchar lo que te pide tu cuerpo, que por supuesto incluye a tu cabeza, pero no escuchando las cábalas mentales sino lo que te dice el conjunto de tu cuerpo.

Vamos tan deprisa por la vida que hacer este simple ejercicio es todo un lujo para la mayoría de las personas que viven al ritmo de las grandes ciudades. Por eso cuando queremos escucharnos, y no hemos aprendido aún a hacerlo nos planteamos ir a yoga, a meditación, a terapia o a coaching.

Y desde luego si no queremos escucharnos existen otras soluciones clásicas como tomar café, fumar, beber, o hacer más cosas y sobre todo, no parar para no sentir.

Porque al principio estar en contacto puede ser doloroso. Puede que prefiramos no hacerlo para no tener que cambiar nada. “Ya estoy bien como estoy”. “Yo soy así, si te gusta bien, y si no pues te j…s”. “¿Qué se le va a hacer?, no todos tenemos la misma suerte.

Como dicen los americanos, “bullshit!”. Es decir, “¡mierda de toro!”. O traducido menos literalmente, “¡y una mierda!”.

¡Que no hombre, que no!. Eso es lo que te puedes contar como excusa para no cambiar, pero no es verdad.

La verdad es que cambiar exige coraje. Exige valentía. Y esto mismo ocurre con la innovación. Hay demasiada gente, y ahora me voy ya al mundo de la empresa, que no se atreve a desafiar lo establecido. Y no me refiero a lo establecido fuera de los límites de su frontera personal. De la funda protectora que es su piel. Me refiero a desafiar lo de dentro, las creencias limitantes, los miedos sin fundamento, o las mentiras que se dicen y que les ayudan a seguir igual.

Para muchos es preferible no estar en contacto consigo mismos para no darse cuenta de lo que sienten y evitar comenzar a plantearse cómo hacerlo.

Porque esto podría devenir, no ya en un cambio que estaría muy bien sino, en una transformación personal que sería aún mejor. Y por eso se pasan el día esperando a que sean sus jefes los que inicien el cambio, o mejor aún la transformación.

(Nota: cambio entendido como forma de hacer, frente a transformación entendido como forma de ser y de hacer).

Y claro mientras esperan a que los jefes cambien se les pasa el arroz. Y a su vez, los jefes esperan que sean sus colaboradores (o incluso sus clientes) los que cambien, y nadie decide transformarse. “¡Si ya estamos bien como estamos!”.

Eso sí, luego hay crisis. ¿Y por qué?. Pues porque mientras el exterior cambia, la mayoría hace lo necesario para no cambiar, o hacerlo lo mínimo posible, porque da mucho miedo.

De hecho lo mismo nos pasa con los políticos. Nos quejamos de su gestión, pero luego sólo reflexionamos sobre lo que hacen cada cuatro años, y a veces ni eso. Y encima el sistema que se han montado es para que a los cuatro años entren otros colegas, aunque sean de la oposición, otros cuatro años. Y en el interim poco de lo que cambian lo hacen estando en contacto con sus clientes (los ciudadanos), y desde luego nadie ni nada se transforma.

¡Pues estamos aviados!.

Aunque el caso de los políticos es peor, porque al menos en la empresa no hay que esperar cuatro años a que entre un nuevo director.

En fin, que mientras no nos pongamos en contacto, cada uno consigo mismo, no nos daremos la oportunidad de entender mejor qué necesitamos hacer para aprender de lo que nos ocurre cada día, y cambiar e incluso transformarnos con mayor frecuencia.

Mi esperanza es que cuando haya empezado a hacerlo suficiente gente, empezaremos a contactar con los demás de otra manera. A escuchar lo que nos dicen sin criticarlos, entendiéndoles, y tomando nota de lo que nos llega para mejorar nuestras relaciones.

En eso consiste en esencia la innovación centrada en el usuario. Saber escuchar con todos los sentidos lo que los usuarios necesitan, y desde ahí tomar nuevas decisiones, y satisfacer mejor o de nuevas formas las necesidades insatisfechas que nos cuentan a gritos silenciosos.

Si tan sólo supiéramos estar en contacto con nosotros mismos y con los demás, observaríamos una realidad que ahora nos pasa desapercibida.

Pues eso, que te invito de primero a entrar en contacto contigo mismo, de segundo a entrar en contacto con los demás, y de postre, las doce uvas.

¡Que tengas un Feliz 2011!.

Vulnerabilidad e innovación

Hace unos años cuando me estaba formando como coach me tocó hacer una minipresentación al resto de mis colegas sobre la distinción vulnerabilidad.

¡Qué casualidad, justo a mí!

Desde mi predisposición al perfeccionismo (desde mi “Sé Perfecto”, diríamos en Análisis Transaccional), me puse a preparar una cojo-presentación sobre lo que yo entendía por vulnerabilidad. Estaba dispuesto a preparar la mejor explicación posible sobre mi percepción de este término que tan poco caché tiene en el mundo empresarial.

Durante la media hora que nos dejaron para prepararla, escribí un A4 por las dos caras. Estaba convencido de que iba a quedar muy bien, y que los demás me lo iban a reconocer. Estaba listo.

Estábamos en el aula, sentados en sillas, y al que le tocaba, salía al frente del aula y le contaba a los demás la explicación que había preparado.

Mis compañeros fueron saliendo uno a uno, y contándonos sus distinciones. La verdad es que el tiempo me pasó volando, y no me acuerdo de nada de lo que se dijo. Estaba tan concentrado en quedar bien, que no le presté mucha atención a lo que contaron. Ya me da vergüenza ahora reconocerlo. Si alguno estáis leyendo esto, lo siento.

Yo quería sobre todo hacerlo bien, y llevarme el reconocimiento que desde pequeño me había acostumbrado a buscar.

Cuando me tocó mi turno salí con mi chuleta y, justo antes de empezar a leer, me dí cuenta.

¡Estaba haciendo la antítesis de lo que me había tocado!

Bueno sí, iba a hablar de vulnerabilidad, pero sin ningún atisbo de comportamiento al respecto.

Dejé mi chuleta en la mesa que tenía inmediatamente delante y me sinceré con mi colegas de formación. “Me ha tocado la distinción vulnerabilidad, y me acabo de dar cuenta según he salido, de que estaba a punto de hacer justo lo contrario de lo que sería coherente hacer en este caso.”

¡Uf!

Durante el resto de mi presentación, hablé sin leer nada de lo que había escrito.

Probablemente no dije nada parecido a lo que había escrito.

Recuerdo que hablé desde las tripas. Se me saltaban las lagrimas de la emoción. En el mismo momento en el que me había dado cuenta de lo que estaba haciendo, había decidido abrirme y dejar mi coraza a un lado, para abrir mi corazón.

Me lo debía a mi mismo, y a mis compañeros. Por lo menos en esa ocasión no me iba a esconder detrás de esa educación que por un lado me había servido para conseguir muchas cosas, especialmente como directivo, pero que por otra parte me dificultaba tanto el disfrute auténtico y relajado de muchos pequeños detalles de la vida.

No creo que nunca olvide aquel momento.

Cuando acabé, mis compañeros me aplaudieron con mucho cariño, pero lo más importante para mí fue el aplauso interno que sentía me estaba dando a mi mismo.

Desde entonces me lo he trabajado mucho, sobre todo a través de mucho trabajo de desarrollo emocional. Soy consciente de que es una asignatura en la que probablemente esté siempre, o al menos durante mucho tiempo, al borde del suspenso, pero en la que poco a poco he ido mejorando.

Con el tiempo he ido dándome cuenta de lo necesario que es poder mostrarte como eres, sin esa capa de antivulnerabilidad.

Y especialmente cuando se trata de dirigir a tu equipo más allá de tu mundo conocido, de tu zona de confort, y adentrarte en la zona de aprendizaje, o incluso, en tu zona de pánico, o como el otro día Manoli de Indra Sevilla me invitó a reflexionar, y decidí rebautizar en mis talleres, la “zona no experimentada”, en la que mucha gente entra en pánico.

Y digo esto porque para decidirte entrar en esa zona, bien sea con tu equipo o sólo, necesitas permitirte reconocer que no sabes cómo vas a tener éxito en ella ya que no tienes experiencia sobre lo que allí ocurre, y necesitas permitirte el “ensayo y aprendizaje”, y el manejo de la incertidumbre, que supone adentrarte en ella.

Esto te ayuda a sacar tu humildad, dejar tu ego a un lado, y avanzar aprendiendo de lo que ocurre. No necesitas esconder tus limitaciones.

Ya sabemos que la perfección no existe, pero sin embargo nos manejamos como si esta fuera posible, y peor aún, como si debiéramos saberlo todo.

En fin, que os invito a todos los que queráis innovar a ver que tal os queda vuestra personalidad sin esa capa de vulnerabilidad, y permitiros utilizar más los “no sé cómo” que tan útiles son para adentrarse en lo nuevo, en lugar de los “no puedo”, o “no sé puede”, o “es imposible” que decimos mientras la vestimos.

¡Buena suerte!

“No puedo creer que esto me esté pasando”

Estaba leyendo hace un rato un newsletter de Matt Furey (http://psycho-cybernetics.com/) al que estoy suscrito y en el que habla de una vieja parábola relacionada con los tiempo actuales. En ella se cuenta que cada mañana cuando una gacela se despierta en África sabe que o corre más deprisa que el más rápido de los leones, o será cazada. Y también cada mañana, cuando un león se despierta en África, sabe que o corre más deprisa que la más lenta de las gacelas o se morirá de hambre. No importa si eres gacela o león, la moraleja es la misma: cuando te levantes cada mañana lo mejor será que te pongas a correr.

En definitiva, sigue diciendo Furey, en el día a día, y más aún en tiempos difíciles, los que sobreviven tienen un discurso mental diferente de los que no lo hacen. Una de las formas en la que funcionan los que no sobreviven es diciéndose a si mismos, “no puedo creer que esto me esté pasando”, “no puedo creer lo que ha ocurrido”, “no puedo superar esto”.

Y lo malo es que tal y como decía Henry Ford, “si crees que puedes tienes razón, y si crees que no puedes también tienen razón”.

Lo importante no es si puedes o no, sino lo que tu crees. Porque actuarás en base a ello.

Creer que puedes o creer que no puedes es en definitiva una creencia, una parte de nuestro paradigma. Y cada uno tiene sus paradigmas.

Nuestros paradigmas están construidos a base de creencias. Son como las gafas a través de las cuales miramos la realidad.

La realidad es la que es, y nuestros paradigmas nos hacen verla de una u otra manera.

La buena noticia es que las creencias, los paradigmas son modificables. Eso si, siempre que tu quieras. O que la realidad, de forma a veces brutal, te lo demuestre.

Los que no pueden creer lo que les pasa, lo que no pueden creer lo ocurrido, simplemente niegan la evidencia, no la aceptan, y por tanto no actúan en consecuencia. Prefieren lamentarse. Es más cómodo. Eso si, esta decisión es a menudo una decisión inconsciente.

En cambio, ¿qué se dicen a si mismo los que si sobreviven? ¿Cuál es su discurso mental?

Lo primero es que si creen lo que les ocurre. Viven la misma realidad, pero en general no usan el “no puedo” en sus discursos. Aceptan los retos, la realidad, y no se plantean si lo ocurrido es o no es posible.

Se plantean en cambio la pregunta de los emprendedores, de lo innovadores:

¿CÓMO PUEDO HACER PARA …?

¿Cómo voy a hacer para superar esto?, ¿Cómo voy a cambiar lo que me está pasando?

Los que sobreviven asumen su responsabilidad a la hora de buscar la solución que necesitan.

En su discurso no se cuestionan si pueden o no. Eso lo tienen claro.

Saben que pueden aunque aún no sepan cómo. Es su creencia. “Yo puedo”. Eso les permite centrarse en el cómo. “Puedo“, “podemos“.

Estas son afirmaciones muy poderosas. Puedo es lo mismo que ejerzo mi poder.

Curiosamente en castellano, el verbo y el sustantivo se escriben igual. Los que sobreviven conjugan su poder, como sustantivo y como verbo.

Lo que necesitan entonces es averiguar el CÓMO.

El cómo implica una pregunta abierta que genera posibilidades. Implica ver más allá de lo que les dice el sentido común. El que ve posibilidades, genera nuevas realidades. Y eso lo hace porque cree que puede. No duda de lo que le está pasando. Lo acepta, y busca cómo solucionarlo.

La próxima vez que etiquetes lo que te pasa con un “no puedo ….”, o con un “es imposible …”, te invito a traducirlo por un “no sé cómo”, o incluso por un “no me atrevo“. Incluso en este caso, aunque suene mal, estarás más cerca que antes de llegar al “no sé cómo“.

Al principio da vértigo. Da verdadero miedo. “¿Y si no lo consigo?”. Sin embargo a medida que empieces a practicarlo, y ver que lo consigues, porque en el fondo tenemos mucho más poder del que nos creemos, irás ganando confianza en ti mism@. Y así a fuerza de repetición, el “no puedo” irá desapareciendo de tu discurso mental por falta de uso.

O dicho de forma más científica, las sinapsis que antes se establecían en tu cerebro para emitir el no puedo dejarán de activarse, ya que ahora activarás otras que te llevan al “yo puedo, aunque no sepa cómo“.

Como dice Richard Bandler, uno de los padres de la PNL, cambiarás tus “brain juices”, tus jugos cerebrales. Los neurotransmisores que segregarás en esas sinapsis serán diferentes.

Y así, te encontrarás a las puertas de buscar los “y como no sé cómo, voy a averiguarlo”.

Recuerda, no importa si eres león o gacela, simplemente corre para encontrar los cómos.